¿Un cambio real en Venezuela?
La captura de Maduro puso fin a un capítulo de represión, pero el ascenso de Delcy Rodríguez y la lenta liberación de presos muestran cuán intacta sigue la maquinaria del abuso.En las primeras horas del 3 de enero de 2026, Caracas despertó sacudida por explosiones, aeronaves volando a baja altura y apagones que se prolongaron por más de una hora. Al amanecer, quedó claro que el país había cruzado un umbral histórico. Una operación militar estadounidense capturó a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, poniendo fin a más de una década de gobierno autoritario definido por el miedo, el encarcelamiento y la violencia contra la disidencia.
La operación impactó objetivos militares y de comunicaciones en Caracas y regiones cercanas. Medios independientes reportaron al menos 18 fallecidos, en su mayoría jóvenes integrantes del Batallón de Seguridad Presidencial, además de víctimas civiles, aunque las cifras siguen sin estar claras. La salida de Maduro marca el fin de una dictadura brutal que, durante 13 años, encarceló a miles de manifestantes, estudiantes y activistas opositores. Muchos fueron torturados. Algunos murieron bajo custodia. Ese historial explica por qué la Corte Penal Internacional abrió en 2021 una investigación por crímenes de lesa humanidad cometidos durante su mandato. Ahora, autoridades estadounidenses acusan a Maduro y a Flores de encabezar una conspiración de narcotráfico de largo aliento que enriqueció a su círculo cercano mientras alimentaba la represión interna. Sin embargo, la caída de Maduro no ha desmantelado el sistema que construyó. A las pocas horas de la incursión, Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y figura central de su gobierno, se movió para consolidar el control. Respaldada por el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, fue juramentada como “presidenta encargada” bajo una interpretación legal diseñada para evitar la convocatoria de nuevas elecciones. Rodríguez denunció la captura de Maduro como un secuestro, exigió su liberación y prometió continuidad. No obstante, también ha ofrecido una mayor colaboración con Estados Unidos, en particular en torno a la golpeada industria petrolera del país. El ascenso de Rodríguez arrastra un pesado historial. Defensores de derechos humanos y periodistas la han acusado durante años de supervisar servicios de inteligencia que facilitaron torturas, desapariciones forzadas y arrestos masivos. Aunque hoy habla de cooperación y acercamiento internacional, sus críticos sostienen que encarna la misma maquinaria represiva que definió la era Maduro. Esa contradicción se hace más visible en la liberación de presos políticos. Desde la operación, las autoridades han excarcelado solo a una fracción de los detenidos. Foro Penal, una organización venezolana de asistencia legal, informa que apenas 41 de más de 800 presos políticos habían sido liberados a comienzos de enero. La extracción de Maduro cerró un capítulo brutal que despertó una esperanza concreta entre venezolanos dentro y fuera del país. Sin embargo, el camino hacia la libertad no está completo y, aunque existe expectativa de una apertura, la juramentación de Delcy Rodríguez y la cautelosa y limitada liberación de detenidos sugieren que el legado de crueldad que dejó atrás sigue marcando el incierto presente de Venezuela. |